Pues me he ido al cine y he visto «El ser querido», película dirigida por Rodrigo Sorogoyen, quien ya ha dado sobradas muestras de su talento («Stockholm», «El reino», «As bestas», entre las películas; «Antidisturbios» o «Los años nuevos», entre las series). Voy a hacer un comentario muy subjetivo porque tenéis decenas y decenas de críticas especializadas y profesionales en multitud de páginas, blogs y suplementos culturales, digitales o en papel. Recordad lo que digo de muchos profesionales: ven o leen a menudo las obras como el que come arroz sin masticar.
A lo mío. Merece mucho la pena ver «El ser querido» porque es una gran película desde la primera e impactante escena que debe durar algo así como quince o veinte minutos. Un mano a mano entre Javier Bardem y Victoria Luengo, que aguantan todo lo que quiere el director: los planos sostenidos, los primeros y primerísimos planos, los planazos de detalle. Mucho después, hay una idea sutil que suelta Bardem y que es como una rúbrica del director, el reto al que somete a los actores: Cuanto más se acerca la cámara, más hay que quitarse la máscara.
«El ser querido» es una cascada llena de emociones y de inmensas minucias. Una orgía de sentimientos que te inquietan, te complacen, te sorprenden y, cuando menos te lo esperas te llegan al corazón para provocarte llorera de las de cero a cien en tres segundos. Y pese a todo, sin sentimentalismo, sin adoctrinamiento, sin moralinas, sin empalago. Solo por la inmensa escena inicial merece la pena ver esta película.
Lo que sigue es un alarde de recursos narrativos y audiovisuales. Rodrigo los domina casi todos. Tiene bien interiorizado y procesado el cine clásico, norteamericano, europeo, español, pero con un toque genuino, personal. Profundiza en los sentimientos, en la complejidad de las relaciones, pero a través de cine puro, no a través de un texto literario más teatral que cinematográfico.
Cine que emociona, cine que hace pensar, cine tragicómico, con una memorable escena en que pasas de la inquietud, de la incomodidad para, de pronto, estar riendo.
¿Cómo hace ese tratamiento del drama psicológico para provocar esa recepción estética, esos cambios en el espectador? Con recursos tomados del thriller, del cine de suspense.
Por si fuera poco, es cine dentro del cine, cuya trama se desenvuelve en las entretelas de los rodajes.
Era martes y vi la película por dos euros (mayores de 65). No había casi nadie joven. Muy pocos espectadores comían palomitas o chucherías. Con los avatares de la película exclaman: «¡oh!», «ah», «pues vaya». Los mayorcitos parece que somos más expresivos que el público más joven. O más ingenuos. Al final de la película oigo como alguien dice a mi espalda: «Esto no se ve en el cine americano». No suele.

