Dice Alexander Steele, y estoy de acuerdo con él, que la ficción parece constituir una necesidad básica tan arraigada en nosotros como la de comer, tener cobijo o compañía. Esto se debe principalmente y según él a dos razones:
– La importancia crucial de la diversión, el entretenimiento. Necesitamos divertirnos, entretenernos, evadirnos de la realidad, a veces hostil, a veces pobre, rutinaria, monótona. «El ser humano no puede soportar demasiada realidad», (T. S. Elliot).
– La búsqueda del sentido de nuestra existencia. Nuestra curiosidad y nuestra desubicación nos lleva a preguntarnos constantemente acerca del porqué de nuestra vida. Algunos llaman a esta elevada meta la búsqueda de la verdad. Escribir me sirve para satisfacer mi insaciable curiosidad, mi fascinación por lo desconocido.
Yo pretendo satisfacer a veces una, a veces ambas necesidades.
Escribir fue una gran idea. Durante gran parte de mi vida profesional, como profesor de Filosofía e investigador, he escrito artículos, libros de texto, ensayos. Incluso tomaba notas en mi ordenador de vivencias y sentimientos que afortunadamente pude retomar mucho tiempo después. Para escribir hay que tener experiencia, algo que contar y que merezca la pena. Solo me planteé escribir ficción cuando bruscamente tomé la decisión de jubilarme después de 37 años de servicio. Quizá anduve demasiado ocupado o demasiado aturdido antes para hacerlo. En mi relato ¿Quién hay ahí? (incluido en la colección «Me dijeron que habías muerto». Big Sur. Col Punto Cero) el narrador cuenta cómo se sentía Enrique Gimbernat, el personaje principal, un hombre que había pasado de una vida muy activa a la jubilación, agravándose esta situación porque al mes de jubilarse llegó la pandemia y el confinamiento:
«Fue como si pararan de golpe las calderas de una central térmica. Pasó del estrés de una vida laboral intensa a un estrés desconocido, el de una inactividad que le encogía el ánimo. Durante todo el día y parte de la noche rumiaba la soledad y el tedio, sin esperanza de nada».
Enrique, el recién jubilado, conversa con Teo, su hermano:
«—Teo, esto es mucho peor de lo que me podía imaginar.
—Sí, este maldito virus…
—No, me refiero a la jubilación.
—¿Por qué no lo miras por el lado positivo? Tienes dinero, tiempo para cuidarte, para ir al gimnasio. Bueno, cuando los reabran. ¿Qué más quieres?
—Ese es el problema, demasiado tiempo para pensar. La monotonía. Me siento como un viejo aburrido. Durante el verano y ahora a veces, cuando hace bueno, me fumo un cigarrillo y me tomo un whisky en la terraza mientras pienso en que no le importo a nadie, ni nadie sabe de mí».
De alguna manera me sentía un poco como Enrique Gimbernat. He sido un apasionado lector toda mi vida, pero debo decir que ponerme a escribir fue una tabla de salvación, la salida del túnel para mi crisis existencial. Comprendí que el efecto de escribir relatos (narrativa de ficción) no tenía nada que ver con lo que ya conocía, con el efecto de escribir ensayos. Los ensayos eran análisis de la realidad que, paradójicamente, me tocaban menos que los relatos, que eran vuelos por mundos imaginarios. La ficción me ayudaba como nada a entenderme a mí mismo, a darle significado al mundo, no un solo significado, a entender lo que me estaba pasando. Quizá por eso, Cannavaro, otro de los personajes de «Quién hay ahí?», ya jubilado y sabio amigo de Enrique Gimbernat, le dice:
«—Acuérdate de esto, lo más importante es aceptarte a ti mismo. Ese es el reto cuando te jubilas. Primero, aceptarte. Después, estar en paz contigo. ¿Entiendes? No es nada fácil porque toda nuestra vida ha sido como una carrera de galgos y no estamos muy hechos a pensar en estas cosas. Hace unos días vi una película. Ahora no me acuerdo del título. Ese actor egipcio que ya se murió… Omar Shariff, interpretaba a un sufí muy sabio y decía: “El hombre más pobre de todos es el que carece de tiempo”. ¡Qué maravilla! ¿Te das cuenta? Ahora es cuando somos más ricos. También decía que “la lentitud es el secreto de la felicidad”. Tú y yo, Enrique, nos hemos ganado nuestro derecho a la lentitud».
Sí, sobre todo escribo para conocerme más a fondo, para saber lo que me ha pasado y para conocer un poco mejor el mundo en que habito.
Al enfocar la vida a través de la lente de la ficción, ciertas verdades aparecen reveladas y ampliadas y se comprenden. Se hace orden en el caos. Para mí, además de una enorme satisfacción por sí misma, la actividad de escribir fue la terapia más económica, divertida y efectiva. Día tras día iba plasmando en la pantalla de mi ordenador dos tipos de historias: un primer tipo hecho de dramas psicológicos, a veces góticos, historias perturbadoras, setas venenosas crecidas muchas de ellas en las pesadillas o en duermevelas aún peores. Son las que plasmé en “Me dijeron que habías muerto”, una colección de relatos que algunos conocéis. Y otro tipo de historias que estaban marcadas por el humor, por la ironía y por el pasado. Historias escritas de un modo festivo. Son las que proyecté en mi novela corta “Noche de ronda” y en mis relatos contenidos en una publicación colectiva que no se comercializó. Escribir sobre la crisis que me estaba ocurriendo me permitió superarla y revertirla incluso en algo gozoso.
Escribo también para comunicar. Aspiro a escribir en la cabeza del lector. Esa es mi satisfacción y mi desmesurada pretensión. Cuando alguna vez lo consigo tengo una sensación de plenitud. Ocurre cada vez que el lector detiene la lectura, o relee, para preguntarse cosas que le sugiere el texto, cada vez que termina un relato y se queda unos momentos pensando en lo que ha leído y en algo que tiene que ver con su propia vida. Escribo para seguir seduciendo con la palabra, para dibujar una sonrisa de satisfacción en la cara de mi pareja o de mis hijas cuando me leen, para que me quieran, en definitiva.
Escribo porque leo y pretendo emular a aquellos escritores a los que admiro.
Escribir ficción ha sido una enorme fuente de satisfacciones y al mismo tiempo mi tabla de salvación. Para cada uno es algo distinto, pero te aseguro que será algo muy bueno, publiques o no publiques, que esa ya es otra cuestión. Escribir es algo intenso, a menudo divertido. Escribiendo celebramos la vida, escribiendo y leyendo uno recuerda que está vivo. En ese sentido estoy de acuerdo con Ray Bradbury cuando dice que escribir es una fiesta.
Ó Antonio Linde. Mayo de 2026

