El soldado miraba las libélulas, maravillado por su iridiscencia a la luz fría y peligrosa de la luna. Cualquier cosa, como la presencia de los insectos, rompía la monotonía de la guardia. Desde su cráter, abierto por una granada de mortero, se preguntó cómo podía haber libélulas en medio de ese campo devastado. Luego se acordó del río que discurría a menos de un kilómetro y lo entendió. Aprovechaba la luz de la luna llena para revisar su pistola. El arma parecía de juguete entre sus manos grandes. Se acordó de Nora, sentada en la hierba, junto a la desembocadura del río Orwell.
Nora miraba el retrato de él, en uniforme militar. Fuera se oían panderetas y voces, entonando villancicos. Habían pasado siete meses desde que él se marchó al continente, al frente occidental de la guerra. ¡Se sintió tan sola! Cada noche echaba de menos sus grandes manos, sus dedos casi cuadrados, cubriendo en el sueño su pecho. Hasta que supo que llevaba algo dentro. Ahora sentía en el vientre las pataditas, como si supiera que era Navidad. «¿Oirá la música de fuera?» Derramó una lágrima por él, que ahora estaba más solo que ella. Pensó que el año siguiente serían tres y que ya nunca se sentirían solos. Se le vino a la cabeza una balada muy romántica y la canturreó: «…my lonely nights are through, dear».
También al francotirador, apostado en la trinchera de enfrente, le llamaron la atención las libélulas. Un escalofrío serpenteó por su espalda cuando se preguntó qué tipo tan extraño de libélulas eran ésas que volaban de noche. «Quizá tanto resplandor de la artillería las ha desorientado. Como a las gallinas cuando les encienden las luces de noche para que sigan comiendo y poniendo huevos. Esta guerra va a volver locos hasta a los insectos», pensó. Hubo un momento en que una de las libélulas se quedó suspendida frente a él, mirándolo con sus ojos compuestos por miles de omatidios. No pudo evitar un estremecimiento. Barrió con su mirada el horizonte, como le enseñaron que había que hacer en la noche, sin detenerse mucho tiempo en ningún punto concreto. Vio alejarse los reflejos tornalunados de los insectos. Entonces vio recortada enfrente, por unos segundos, una silueta humana. No lo podía asegurar pero creyó ver a las libélulas en torno al cráter, estáticas en el aire y quizá mirando a alguien como él. Hizo una señal con el brazo a su compañero para que orientara la ametralladora. Liberó el seguro, encajó la culata en el hombro, cerró el ojo izquierdo y acopló el derecho a la mira telescópica, apuntó, contuvo la respiración. Sólo sentía los latidos de su corazón y el calor de la sangre. Acarició sensualmente el gatillo cóncavo, apretó con lentitud amortiguada y disparó. La bala trazadora voló en la noche, como una libélula brillante y supersónica, y apagó la vida que se interpuso en su trayectoria. A la detonación solitaria siguió, en cuestión de segundos, el tableteo de la ametralladora MG42. Pero ya no era necesario. Hizo una nueva señal y todo quedó, de nuevo, en silencio. Sólo la peligrosa luna brillaba en todo su esplendor. Se acordó de su mujer, Frida, y de su hija, del hogar en Ulm. ¡Qué bonita era allí la Navidad! Pensó en el combatiente al que había matado. Las libélulas ya no estaban. Tampoco él volvería a verlas nunca más.
FIN
Me he unido a la celebración del día del Libro, 23 de abril de 2026, poniendo a disposición de los lectores uno de mis relatos breves, El vuelo de las libélulas, incluido en mi colección de relatos maliciosos «Me dijeron que habías muerto» (Ed. Big Sur. Col.: Punto Cero). Lo he acompañado con una ilustración que hizo para este cuento Jesús Román. Es una breve pieza antibelicista, ambientada en algún lugar del frente occidental durante la Segunda Guerra Mundial. Espero que haya sido de vuestro interés.

