Por recomendación de uno de mis hermanos he leído recientemente esta monumental obra biográfica, que se lee como una novela, de la escritora china Jung Chang. Las tremendas vicisitudes de tres generaciones de mujeres chinas, abuela, madre e hija, son contadas por esta última con austeridad, honestidad, contención y respeto a los hechos. Es un libro necesario no solo para comprender la historia y la cultura de las dos últimas centurias en China, sino para entender cómo funcionan las dictaduras y los regímenes totalitarios, en particular el comunista, versión maoísta. No necesariamente peor que el estalinista, sino diferente. Es una obra para identificar todo tipo de totalitarismos que ayuda a vacunarnos contra ellos. Y siempre de fondo el horrible papel reservado a la mujer y a la infancia (Véase el capítulo «Se vende hija por diez kilos de arroz»). En esta larga reseña entrecomillo muchas citas literales del libro que nos hacen una idea de lo que significa leerlo entero y que son tan elocuentes que no necesitan más comentarios.
La narración abarca un mundo tradicional, casi medieval, el de la abuela de Jung Chang, en que la mujer era sistemática víctima de las costumbres más salvajes, como el vendado de los pies, «Lirios dorados de ocho centímetros», contadas en páginas estremecedoras: «La imagen de una mujer tambaleándose sobre sus pies vendados ejercía un efecto erótico sobre los hombres». «El proceso —vendado de pies de la abuela— duró varios años. Incluso una vez rotos los dedos, los pies tenían que ser vendados día y noche (…) Los hombres rara vez veían desnudos unos pies vendados, pues solían aparecer cubiertos de carne descompuesta y despedían una fuerte pestilencia».
Aunque esta práctica empezó a abandonarse hacia 1917 la postergación femenina siguió su marcha: «¿Para qué cosas debo pedir permiso?, preguntó. Para todo, fue la respuesta»
Durante tiempos imperiales, bajo el nacionalismo, durante la guerra con Japón, en todo momento, trabajo esclavo, tradiciones salvajes (como las torturas, el concubinato o como los frecuentes suicidios para protestar contra alguien o contra algo). El concubinato generaba en particular tremendas situaciones de celos, conjuras, venganzas, dentro del ámbito doméstico. Sumisión a la suegra, a los hermanos, al marido, después al Partido. Y el hambre, como testigo omnipresente de cualquier época: «Un profesor de la facultad de mi madre murió intoxicado tras devorar un trozo de carne que había recogido en la calle. Sabía que aquella carne estaba podrida, pero tenía tanta hambre que decidió correr el riesgo».
II
El libro se detiene más en el largo período comunista, que teóricamente debía traer la liberación del infierno anterior, pero que solo sirvió para experimentar otros tipos de horrores. La revolución comunista china fue fundamentalmente campesina y los campesinos llevaban una vida muy dura: estaba prohibido llorar, opinar, lavarse con frecuencia (los campesinos se lavaban rara vez); se competía para ver quién tenía más insectos revolucionarios (piojos); la higiene se consideraba antiproletaria. «El continuo sometimiento del Partido en las vidas de las personas constituía la base del proceso conocido como Reforma del Pensamiento», que perseguía el total sometimiento de los pensamientos del individuo; se estimulaba el entrometimiento y la ignorancia, las palizas a quien tuviera cultura o formación, la lectura de cualquier libro no marxista (burgués).
Dejo unos fragmentos de lo que el comunismo significó para el esperanzado pueblo chino:
«Cuando los comunistas llegaron al poder, todos los medios de comunicación pasaron a ser controlados por el Partido. A partir de entonces, el control se estableció aún con más fuerza sobre las mentes de toda la nación».
«A comienzos de los cincuenta se suponía que un comunista debía entregarse tan profundamente a la revolución y al pueblo que cualquier demostración de afecto hacia sus hijos era mal vista, ya que indicaba la presencia de lealtades divididas».
Durante el conocido como Gran Salto Adelante, tan alabado por parte de la necia intelectualidad europea, Mao ordenó a la nación que fabricara ingentes cantidades de acero. Se prohibió la cocina privada y todo el mundo tenía que comer en las cantinas. Casi cien millones de campesinos fueron apartados de las tareas agrícolas para contribuir a la producción de acero. Se talaron los bosques para obtener combustible. Consecuencia: una hambruna atroz.
Mao «comenzó a odiar a los gorriones… porque devoraban el grano. Todas las familias fueron movilizadas. Solíamos sentarnos a la puerta de nuestras casas golpeando ferozmente cualquier objeto de metal disponible —desde platillos hasta sartenes— con objeto de ahuyentar a los gorriones de los árboles hasta que éstos terminaban por caer al suelo, muertos por el agotamiento». Las plagas diezmaron las escasas cosechas.
Cuando la comida escaseó el Partido extendió una nueva consigna: «Una mujer capaz puede hacer la comida, aunque no cuente con alimentos». Desde el poder se exigía convertir las fantasías imposibles en realidad». Se apaleaba a los campesinos para que prometieran producir más trigo. La gente aprendió a desafiar a la razón y a vivir en un perpetuo engaño: «Un día era un pepino colosal que alcanzaba la mitad de la longitud de un camión. En otra ocasión, pudimos ver un cerdo gigantesco encerrado en un camión. Los campesinos afirmaban que se trataba de un cerdo auténtico, cuando en realidad estaba fabricado de cartón-piedra». Resultado: unos treinta millones de muertos por hambre, víctimas del programa comunista, y numerosos casos de canibalismo. Mientras tanto, en las escuelas se les decía a los niños chinos: «Piensa en todos los niños que mueren de hambre en el mundo capitalista». Hablamos de los años cincuenta del siglo XX.
«Quienes se atrevían a expresar dudas eran acallados o despedidos, lo que implicaba la discriminación para su familia y un triste futuro para sus hijos». «Las palabras se divorciaron de la realidad. Se contaban embustes con toda tranquilidad debido a que las palabras habían perdido su significado… y habían dejado de ser tomadas en serio por los interlocutores». ¿No suena actual en nuestra sociedad del marketing político y de la posverdad?
Cuando los chinos pensaron que salían de siglos de medioevo esclavista, se enfrentaron a algo similar: «A lo que más se asemejaba la estructura de poder de Mao era a una corte medieval en la que el líder ejercía un poder hipnótico sobre sus súbditos y cortesanos. Era asimismo un maestro del divide y vencerás». De ahí las frecuentes y masivas purgas, incluso contra los líderes del Partido.
Mao reforzó su imagen divina rodeándose de misterio. Era quien había logrado poner término a la guerra civil y traer la paz y la estabilidad. Luego se vería a qué precio.
En 1965 los chinos se dedicaron a arrancar la hierba de los jardines: «Mao había dicho que la hierba, las flores y los animales domésticos constituían hábitos burgueses que había que eliminar».
III
Y en estas Mao impulsó la «Revolución Cultural»: «Declaró que todos los intelectuales disidentes y sus ideas debían ser eliminados». Persiguió a los mismos funcionarios del Partido Comunista, que empezaron a ser señalados como seguidores del capitalismo. Lema de la Revolución Cultural: «Destruid primero; la reconstrucción llegará por sí misma». En las escuelas solo se estudiaban las consignas de Mao. Se movilizó el orgullo nacional para reforzar el culto al líder de manera a veces ridículas. Los dormitorios se empapelaban con retratos de Mao. Los alumnos fueron instigados a dar palizas a sus profesores, a rebelarse contra la autoridad (salvo la de Mao). Surgieron grupos de guardias rojos juveniles por todas partes. Las purgas afectaban a quienes leían, a funcionarios, a profesores (motejados siempre de capitalistas, derechistas, etc.). Mao quería que la población entrara en acción y para ello debía quitar autoridad al Partido y concentrar en sí mismo una lealtad y obediencia absolutas. Necesitaba crear terror y veía en los muchachos y muchachas adolescentes sus agentes ideales»: «Declaramos una guerra sangrienta contra cualquiera que ose oponerse a la Revolución Cultural o al Presidente Mao». Muchas personas del mundo occidental se sintieron atraídas por las destructivas proclamas maoístas: «Rebelión contra la autoridad, revolución en la educación, destrucción del viejo mundo, creación de un nuevo hombre». Los objetivos más claros de cualquier colegio en la China de la Revolución Cultural fueron los profesores. «Algunos alumnos organizaron prisiones en las que sus maestros eran torturados», con la aquiescencia de Mao y sus acólitos. Los libros, salvo el Libro Rojo de Mao, fueron prohibidos. Esto era la Revolución Cultural. «La Guardia Roja se lanzó a la calle en todas las poblaciones chinas para dar rienda suelta a su vandalismo, fanatismo e ignorancia». Se encendieron hogueras en las que ardían los libros. Algo que en Occidente suele asociarse al nazismo, pero que fue más radical bajo el maoísmo. «Numerosos artistas y escritores se suicidaron tras ser apaleados, humillados y forzados a contemplar cómo su obra era reducida a cenizas. Se tomaron por asalto los museos». Durante la Revolución Cultural «la gente era atacada por decir “gracias” con demasiada frecuencia, hábito que había sido tachado de hipocresía burguesa». «Nos sentíamos tan acobardados y confundidos por el miedo y el adoctrinamiento que nos hubiera resultado inconcebible apartarnos del camino señalado por Mao». El vicepresidente Lin Biao había dicho: «Cada palabra del presidente Mao es como diez mil palabras y representa la verdad universal y absoluta».
Todavía en 1967 los conocidos como «Rebeldes», grupos de afectos a Mao, perseguían sin tregua a médicos, escritores, científicos, ingenieros y obreros especializados. Libros, cuadros, instrumentos musicales, deportes, naipes, ajedrez, casas de té, bares, todo desapareció. «Los parques aparecían desiertos, convertidos en áridos territorios saqueados, en los que las flores y la hierba habían sido arrancadas y las aves domesticadas y los peces de colores exterminados. El cine, el teatro, los conciertos… todo había sido prohibido». Solo las óperas revolucionarias de la señora Mao se representaban. Muy significativa la siguiente anécdota: «El terror reinante quedaba reflejado por el hecho de que nadie osaba quemar o tirar ningún periódico. Todas las primeras páginas portaban el retrato de Mao, y cada pocas líneas aparecía una cita del líder. Había que atesorar aquellos diarios, pues hubiera resultado catastrófico ser sorprendido deshaciéndose de ellos. Conservarlos, sin embargo, constituía también un problema: los ratones podían roer el retrato de Mao o los periódicos podían sencillamente pudrirse, y cualquiera de ambas cosas se hubiera considerado un crimen contra el líder».
A comienzos de 1968, bajo la Revolución Cultural, las personas cultivadas eran perseguidas y consideradas por Mao inferiores a los campesinos analfabetos y debían reformarse para parecerse a ellos. Fueron enviados al campo para que se ruralizaran unos quince millones de jóvenes. El sentido del humor, la curiosidad y la cultura se consideraban peligrosos. La Revolución Cultural confirió respetabilidad política a los aspectos medievales de la cultura china y ensalzó la ignorancia como idiosincrasia del alma proletaria y campesina.
Mao pudrió todo el tejido social para que fuera el propio pueblo quien facilitara su control de terror. Esa fue una de las claves de su efectividad. El 26 de junio de 1965 Mao realizó una observación que había de convertirse en guía de referencia para la sanidad y la educación: «Cuantos más libros lees, más estúpido te vuelves». Mao sentía un profundo desdén por cualquier tipo de educación. La señora Mao y sus secuaces condenaron la importancia que se estaba concediendo al nivel académico como una forma de dictadura burguesa. «Queremos obreros analfabetos, y no cultivados aristócratas espirituales».
EPÍLOGO
Escribe Jung Chang que la filosofía de Mao «consistía en la necesidad de mantener un conflicto perpetuo … para hacer historia se precisaba una masa de enemigos de clase… Mao había comprendido la índole de instintos humanos tales como la envidia y el rencor, y había sabido cómo explotarlos para conseguir sus propios fines. Su poder se había sustentado en despertar el odio entre las personas y, al hacerlo, había llevado a muchos chinos corrientes a desempeñar numerosas tareas encomendadas en otras dictaduras a las élites profesionales. Mao se las había arreglado para convertir al pueblo en el instrumento definitivo de una dictadura. A ello se debía que bajo su régimen no hubiera existido un equivalente real de la KGB soviética. No había habido necesidad de ello. Al nutrir y sacar al exterior los peores sentimientos de las personas, Mao había creado un desierto moral y una tierra de odios».
A finales de los sesenta yo entraba en la adolescencia y veía y escuchaba cómo muchos intelectuales de izquierda del mundo occidental, salvo honrosas excepciones, creían todas las patrañas maoístas y ponían a la China comunista, convenientemente romantizada, como un modelo de progreso y de sociedad ideal. También recuerdo que durante los primeros tiempos de la democracia en España había, legalizado, un partido político maoísta. Vivir para ver.
Leer «Cisnes salvajes» puede ser un revulsivo para prevenir actuales riesgos de pérdida de libertades, de aumento del autoritarismo y de formas nuevas de manipulación, control de las mentes y dictaduras (o de regreso de las antiguas).

